En la reunión que tuvimos el día 9 de julio algo maravilloso sucedió, deseo compartir esta historia de sanación y de amor que nos habla de cómo las respuestas a las preguntas más grandes que nos habitan tienen su respuesta en nosotros y nosotras mismas.
Alicia es una mujer hermosa, de ojos expresivos y llena de dudas que nos visito al grupo hace poco. Ella conoció el Grupo de madres, padres, familiares y amigxs de personas LGBT gracias a que el psicólogo del Centro Comunitario LGBT, Marlon Acuña le aconsejara acompañarnos en una reunión.
Alicia tenía aquel día una expresión de turbación, estaba bastante ansiosa y se notaba algo confusa por los últimos acontecimientos que compartió con nosotros y nosotras. Su hijo, un joven de 17 años le confesó que gustaba de otros hombres como él, esta noticia como en la mayoría de los hogares fue tomada con dolor pero de alguna manera era una noticia esperada por Alicia.
Alicia comenzó como casi todos los padres y madres un viaje tortuoso a su pasado, un viaje culpabilizador buscando respuestas a lo que no las tiene, ni las necesita. ¿Por qué razón mi hijo es gay? ¿En qué momento lo decidió? ¿Acaso lo consentí demasiado, acaso no le di afecto? ¿Fue el día en que le pedí que lavara los trastos de la cocina?
Buscamos respuestas como buscamos medicina para la enfermedad. Cuando nos damos cuenta que no es una enfermedad, que no es una perdida, un pecado o un castigo dejamos de buscar el porqué, o el cuándo y alejarnos del cómo.
Esto es lo más difícil, entender que amar de otra manera no es sino una de las más maravillosas expresiones de la naturaleza humana, amamos diferente porque todos los seres humanos somos diferentes.
Cuando me preguntan en el grupo si ellos y ellas nacen o se hacen, pregunta casi habitual en nuestras reuniones, lo único que atino a decir es que no me importa si mi hijo nació o se volvió así, lo único importante es que él tiene derecho a ser y a existir tal y como es.
En esta reunión cuyo tema central eran las nuevas paternidades y nos preguntábamos como los hombres ahora asumían con amor y con respeto la diversidad sexual y de género de sus hijos e hijas y donde Javier Omar Ruiz nos guio en este camino por esas nuevas masculinidades, sucedió algo maravilloso.
En estas reuniones todos compartimos un poco de nuestra existencia para decirle a las personas nuevas que llegan cargadas de dolor, de miedo y de dudas que lo que les sucede con su familiar no es malo, todo lo contrario, es una oportunidad de aprendizaje, pero ese día aprendimos que las respuestas más profundas a las dudas más urgentes están no solo en nuestro corazón, habitan en esa memoria guardada en nuestras células y que recopila nuestros recuerdos familiares, y las luchas de nuestras ancestras.
Alicia no encontraba la manera de enfrentar socialmente quien era su hijo, sentía miedo de las burlas, y de la violencia del qué dirán.
En un momento comenzamos a hablar de nuestras ancestras, de las abuelas y las madres, Alicia nos conto la historia de su madre que a todos y todas nos lleno de aprendizajes.
“En la época de mi mamá tener un hijo o una hija con Síndrome de Down era algo vergonzoso, las familias acostumbraban encerrar a estas personitas en lugares donde nadie pudiera verlas, no se las sacaba a la calle, ni se las tenía en cuenta para compartir los momentos familiares ni sociales, se excluía del mundo social, y familiar, se les condenaba a la tristeza de la desolación.
Mi madre, - contaba Alicia-, fue una mujer que a pesar de tener varios hijos y vivir en un lugar donde las murmuraciones, los chismes eran pan de cada día, nunca sintió vergüenza de sacar a mi hermanita a la calle, - recordaba-, siempre la llevábamos a la misa, al parque y era la principal invitada en las celebraciones familiares, esta niña a quien le pronosticaron una muerte temprana por tener un mal llamado retardo, como dicen los médicos. Gracias al amor de mi madre, murió siendo una adulta hace pocos años, siempre fue nuestra adoración, fue feliz en su vida, a pesar de su condición y mi madre nunca se avergonzó de ella, todo lo contrario fue su inspiración para vivir y la de toda la familia”
Contada esta historia, todos caímos en un silencio momentáneo, porque la misma Alicia encontró respuesta a sus preguntas. Las dudas que nos gobiernan muchas veces nos aturden cuando no queremos escuchar nuestro corazón que todo lo sabe y todo lo ve sin las cargas del mundo social, externo y tortuoso.
La experiencia de tener un hijo, una hija, esposo, primo, abuelo diverso puede convertirse en una pesadilla en nuestras vidas, si nosotros y nosotras así lo decidimos, pero puede ser la más maravillosa de las experiencias. Para muchos y muchas de las que asistimos al grupo nuestros hijos e hijas diversos han sido luz en nuestros días, la oportunidad de ser diferentes, de salir de la inercia de este mundo agobiante, son maestros y maestras que nos vienen a enseñar que el mundo debe cambiar ahora, que el amor no se puede controlar o encausar como no lo han hecho creer y que cada niño o niña diverso son gotitas de luz en un mundo de oscuridad.
Si tenemos vergüenza o miedo porque nuestro hijito es diferente, debemos vencer ese miedo hablando de ello con las personas que nos inspiren confianza, que sepamos que realmente nos quieren y no nos cargaran con sus prejuicios. Te invito a que te acerques a otros padres o madres que compartimos esa experiencia, y sobre todo busca en tu propia vida, en tus ancestras y ancestros la fuerza del amor que no se avergüenza sino que se enorgullece de las raras bellezas de nuestros hijos e hija mágicos.
Alicia aquel día nos dejo esta hermosa enseñanza….
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